La cirugía magnética sin cicatrices acaba de escribir una página histórica en la medicina argentina. Por primera vez, un hospital público utilizó esta técnica para extraer un clavo alojado en el intestino de un niño de dos años sin necesidad de una cirugía abierta.
Detrás de ese avance hay una historia de innovación, perseverancia y sacrificio personal cuyo protagonista es el cirujano Guillermo Domínguez, creador de un método que hoy despierta interés internacional.
El procedimiento fue realizado en el Hospital Materno Infantil «Dr. Florencio Escardó», de Tigre, donde un equipo de cirujanos pediátricos logró retirar un cuerpo extraño mediante un sistema asistido por imanes. El pequeño paciente recibió el alta pocas horas después de la intervención, gracias a una técnica mínimamente invasiva que evita grandes incisiones y acelera la recuperación.
Aunque el reciente éxito representa un hito para la salud pública, el origen de esta tecnología comenzó muchos años antes, cuando Domínguez decidió desafiar los límites de la cirugía laparoscópica tradicional y buscar una alternativa que eliminara las cicatrices visibles y redujera las complicaciones postoperatorias.
Mucho antes de convertirse en inventor, Guillermo Domínguez confirmó su vocación en uno de los episodios más dramáticos de la historia argentina.
Era estudiante de sexto año de Medicina en la Universidad de Buenos Aires y realizaba una guardia en el Hospital de Clínicas la mañana del 18 de julio de 1994, cuando una explosión sacudió el edificio. Minutos después comprendió que se trataba del atentado contra la AMIA y, junto a otros alumnos, fue convocado para asistir a las víctimas entre los escombros. Aquella experiencia terminó de convencerlo de que dedicaría su vida a la medicina.
Su recorrido hasta recibirse tampoco fue sencillo. Había llegado a Buenos Aires a los 17 años, atravesó dificultades para adaptarse y, durante un tiempo, incluso abandonó Medicina para estudiar otra carrera. Sin embargo, comprendió rápidamente que su verdadera pasión estaba en los quirófanos y regresó a la Facultad de Medicina de la UBA. Luego inició la residencia de cirugía en el Hospital Durand.

El punto de inflexión llegó durante un congreso de laparoscopía realizado en Cancún. Allí escuchó al cirujano mexicano Fausto Dávila, quien presentó una novedosa técnica de «cirugía sin huella». Hasta entonces, la laparoscopía requería cuatro incisiones para introducir la cámara y los instrumentos quirúrgicos. Domínguez quedó impactado por la posibilidad de reducir esas heridas y viajó posteriormente a Veracruz para capacitarse con el especialista.
De regreso en la Argentina comenzó a aplicar ese concepto y realizó algunas intervenciones con resultados alentadores. Una de sus primeras pacientes fue la boxeadora Valeria Saldaño, quien necesitaba operarse de la vesícula pero quería evitar cicatrices visibles para poder continuar con su carrera deportiva. La intervención fue exitosa y reforzó la convicción del médico de seguir perfeccionando el método.
Sin embargo, Domínguez estaba convencido de que todavía podía ir más lejos.
La verdadera revolución comenzó cuando reunió a ingenieros para analizar cómo reemplazar las pinzas utilizadas en laparoscopía.
Después de evaluar distintas alternativas, surgió una idea inédita: utilizar la fuerza de los imanes para mover órganos desde el exterior del cuerpo, eliminando instrumentos adicionales e incisiones innecesarias. Aquella propuesta dio origen a los primeros prototipos, desarrollados artesanalmente durante los fines de semana con la ayuda de un instrumentador quirúrgico que estudiaba ingeniería.

En 2007 los dispositivos ya estaban listos y Domínguez realizó las primeras cirugías magnéticas, presentando posteriormente los resultados en un congreso internacional en México, donde mostró por primera vez el funcionamiento del sistema ante cientos de especialistas.
El desafío recién empezaba: desarrollar la tecnología requería inversiones muy superiores a las que podía afrontar.
El padre de Guillermo había sido quien más apoyó el proyecto, pero falleció antes de verlo concretado. Sin financiamiento estatal y tras no conseguir respaldo oficial, el cirujano tomó junto a su esposa, Juana Obarrio, una decisión extrema: vender la casa familiar ubicada en el barrio Los Aromos, en San Isidro, para obtener los recursos necesarios y continuar con el desarrollo tecnológico.
«Le dije que era el futuro, pero había que arriesgar», recordó Domínguez sobre aquella conversación con su esposa. La apuesta dio resultado. En 2010 obtuvo el premio Innovar, consiguió la aprobación de la ANMAT y pudo consolidar el desarrollo de la técnica, aunque la familia debió alquilar una vivienda durante quince años antes de volver a comprar una casa propia.
El éxito técnico no estuvo acompañado por el respaldo económico que Domínguez esperaba. Si bien logró patentar su invento en la Argentina, el elevado costo del trámite internacional le impidió proteger su desarrollo en mercados estratégicos como Estados Unidos, donde los honorarios legales superaban ampliamente sus posibilidades económicas.

«Me quedé sin plata. Cuando estaba con el trámite de patente, veía que los abogados en Estados Unidos me cobraban 400 dólares la hora. Me iba a fundir muy rápido y lo dejé», recordó el cirujano, quien tampoco pudo extender la protección intelectual a otros países como México y Perú.
Ese vacío fue aprovechado, según relató Domínguez, por un médico chileno que presentó un dispositivo con características similares y logró patentarlo en Estados Unidos en 2013 con apoyo económico de su gobierno. «Lo logró con mi idea», aseguró el profesional argentino, quien sostuvo que su colega obtuvo financiamiento para desarrollar el proyecto en Silicon Valley mientras él continuaba trabajando para sostener su emprendimiento.
Lejos de detenerse por ese revés, Domínguez decidió seguir innovando. A través de su empresa ImanLap, desarrolló más de 25 instrumentos destinados a perfeccionar la cirugía mínimamente invasiva y ampliar las aplicaciones del sistema magnético.
El médico sostiene que la técnica continúa evolucionando y que hoy permite realizar intervenciones con una única incisión de aproximadamente un centímetro, ubicada en el ombligo, desde donde se introduce una cámara y uno o dos pequeños imanes. En el exterior del cuerpo, otro imán manipulado por el cirujano genera la fuerza necesaria para mover los órganos sin recurrir a múltiples pinzas o incisiones adicionales.
«Es como mover un cuadro desde el otro lado de la pared», explicó Domínguez para describir el funcionamiento del sistema, que reduce el dolor posoperatorio, evita lesiones musculares y disminuye considerablemente las complicaciones asociadas a la cirugía laparoscópica convencional.
Desde aquella primera intervención realizada en 2007, la cirugía con imanes dejó de ser una idea experimental para convertirse en una alternativa concreta dentro de la cirugía de mínima invasión.
Según detalló Domínguez, el grupo internacional que integra ya superó las 10.000 cirugías utilizando esta metodología, sin registrar lesiones de la vía biliar, una de las complicaciones que pueden presentarse durante procedimientos laparoscópicos tradicionales. Además, el especialista ya intervino a más de 140 niños con este sistema y capacitó a más de 120 cirujanos de Argentina, Chile, Bolivia, Colombia, Venezuela, El Salvador, España y otros países de la región.

Ese trabajo de formación permitió que la técnica llegara finalmente al Hospital Materno Infantil «Dr. Florencio Escardó», donde el propio Domínguez aportó el equipamiento y entrenó al equipo médico para concretar la primera cirugía magnética sin cicatrices realizada en un hospital público argentino. Allí, un niño de dos años que había ingerido accidentalmente un clavo pudo ser operado sin cirugía abierta y recibió el alta médica el mismo día, marcando un antecedente histórico para el sistema sanitario nacional.
Sin embargo, el reciente hito alcanzado en un hospital público confirma que aquel sueño que llevó al cirujano a vender su propia casa para sostener el proyecto terminó convirtiéndose en una realidad capaz de mejorar la calidad de vida de miles de pacientes.
La cirugía magnética sin cicatrices ya no es solo una promesa tecnológica: es un desarrollo argentino que empezó a transformar la medicina de mínima invasión y que abre el camino para una nueva generación de procedimientos quirúrgicos.